No podía moverse. No era el hecho de haber sufrido junto con su hermano la renuncia de todas las comodidades que alguna vez consideraron realizadas; tampoco era el cansancio de caminar sin rumbo conocido con vestimentas rasgadas durante numerosos días enfrentándose a la hambruna y el miedo todo el tiempo. No, lo que mantenía a Cecil Crimson Windergard paralizada era el horror que sufría al haber descubierto a aquél hombre moribundo en la arena cubierto en su propia sangre, a los pies de un ser tan monstruoso que ni sus propias pesadillas podrían crear tal visión. Y la hoz brillaba con un destello blanco a su lado.
- ¡Sis! Qué... qué...- gemía el pequeño agudamente, poseído por un miedo jamás sentido. Lloraba sin parar como si sus ojos fueran zafiros teñidos por la lluvia, aferrado fuertemente del brazo de su hermana.
La bestia los miraba fijamente ahora a ellos, ignorando a su antes presa y esbozando una sonrisa tan temible que inyectó ahora pánico en ellos. Avanzó un paso...
- ¡Sis! ¡Haz algo!
Nada le cruzaba la mente con excepción de un desenlace trágico y caótico, no había nada que su débil estado pudiera cambiar y más qué saberlo, era simplemente obvio. Pero la hoz continuaba brillando...
Un salto que hacía cantar al viento, más que un reflejo fue como un llamado a responder. Antes de que pudiera realizarlo la hoz ya se encontraba en sus manos en un movimiento careciente de gracia pero a fin de cuentas un giro conectando a ambos cuerpos en un choque letal. El silbido fue más agudo que el canto.
Una línea de sangre negra tiñó la arena, la bestia aterrizó sobre sus piernas en una postura defensiva aunque carecía de su brazo izquierdo lanzando un largo y agudo chillido, aferrándose el pedazo de carne que antes sostuvo su extremidad.
Incredulidad parecía recorrer su rostro careciente de emociones humanas pero simplemente era difícil de creer lo que había sucedido. Ante él se mantenía erguida y sin daño alguno la joven que segundos antes era indefensa, ahora poseedora de una mirada diferente la que haya tenido en cualquier punto de su vida. No era una mirada determinada a morir por alguien si no una por matar si era necesario.
Cecil no podía evitar sentir cierta satisfacción ante la herida que le había causado a esa bestia, la sensación de tan sólo sostener esa hoz le era indescriptible, procedía de ésta y recorría todo su brazo a través de su cuerpo. Aclaraba su mente, aceleraba su corazón y agudizaba sus sentidos en cada aspecto dándole una ilusión de ser invencible inclusive. Era adictivo.
La bestia lanzó un gran rugido con un gran esfuerzo se reincorporó y con una garra abierta repitió su movimiento anterior estando sus movimientos y técnicas ahora nublados por el dolor y la confusión ante el surgimiento de tal serie de eventos. El viento volvía a cantar con el roce de su cuerpo deforme pero por muy fuertes que fuesen sus intenciones asesinas todos sus actos podían ser leídos por una mente brillante.
Uno, dos, tres cortes en un parpadear de ojos, la bestia dejó de ser lo que era y fragmentos de su cuerpo se dispersaron en diferentes direcciones hundiéndose pesadamente en la negra arena terminando la amenaza con un esfuerzo incomparable al infinito pánico que momentos antes habían sentido. Cecil suspiró emocionada con una sonrisa en sus labios.
- Sis... ¿qué... sucede? ¿Por qué sonríes?
Se había olvidado completamente de Irv al dejarse hundir por esas sensaciones y se daba cuenta de que no se arrepentía en lo absoluto. No le bastaba, deseaba más... y girándose hacia él comenzó a acercársele lentamente meciendo la hoz en su brazo.
- ¡Sis! ¡Qué te pasa! ¡Me estás asustando!
Quería callarlo, quería callar ésos "Sis esto, Sis aquello..." sus constantes lloriqueos le molestaban enormemente y lo que más deseaba en ese momento era jamás volver a escucharlos. Con sumo gusto alzó su brazo curveando la hoz al ascender antes del golpe, siendo incapaz de reprimir un gemido de excitación. Irv sólo se agachó siendo su acción inservible.
El viento sopló con una fuerza tan grande que hizo perder el equilibrio momentáneamente a Cecil y en el momento menos esperado una figura misteriosa surgió de la nada y aprisionó sus brazos y cuerpo con una llave ingeniosa muy bien elaborada. La joven obligada a no realizar sus deseos fue presa de la ira y girando su mirada ante su opresor descubrió con gran sorpresa que se trataba de una mujer no mayor a ella por un par de años, cabello lacio, rojizo oscuro y piel pálida y un parche negro en su ojo izquierdo. Era el ojo derecho, azul cielo y misterioso portador de más de un secreto, el que la veía con una seriedad fúnebre y juzgadora como si todos los secretos de Cecil fueran expuestas ante esa desconocida. Pero simplemente sonrió como una niña que acababa de interrumpir un juego de adultos. - Es suficiente sangre para una noche, ¿eh, chica novicia?
viernes, 25 de abril de 2008
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