- Un ciervo, definitivamente un ciervo.
- Eres un menso. ¿Cómo puede ser eso un ciervo? Es obviamente un pingüino.
- ¿Cómo sabrías tu que es un pingüino? ¡Nunca has visto uno de verdad! Un enorme golpe sobre la cabeza rubia después y el pequeño niño se sentó con lágrimas en sus ojos azules, casi como siempre terminaba si osaba cruzar palabras contra su hermana mayor aun si debatían sobre las formas improbables que las nubes hacían en el colosal cielo de verano. Su hermana gruñó.
- Como dije, es obviamente un pingüino, Irv.
Su largo cabello negro giraba con el viento mientras sus oscuros ojos se fijaban sobre el cielo ignorando al molesto de su hermano. El sol se encontraba especialmente brillante ese día sobre los interminables campos de Zimitra como si nada malo pudiera pasar. La ironía, por desgracia, nunca era su aliada.
- ¡Cecil Crimson Windergard! ¿Qué crees que estás hacienda allá arriba?
Malditas sean esas monjas y sus voces chillonas. Se puso de pie a lado de su aun llorando hermano con una postura tan calmada como si no se encontraran en absoluto sobre el techo de la iglesia. Su vestido negro parecía una vestimenta real comparada con la arrugada y vieja camisa que Irv usaba al igual que sus pantalones marrones. A ellos no les importaba, por supuesto; la vanidad nunca era de su preocupación. - Observando el sol, obviamente- explotando con una frialdad tan grande en su mirada que hasta la monja fue incapaz de verla directamente a los ojos. ¿Y qué está haciendo usted allá abajo, Hermana Ratalba?
- ¡Es Rosalba! – chilló de nuevo. ¡Ahora por favor, por el amor de Dios, bajen de ahí de inmediato!
Con una mirada fúnebre duradera y un lento comienzo tomó la mano de Irv y lo llevó a la escalera oculta en la parte trasera de la iglesia haciéndolo bajar después de ella sólo en caso de que fuera lo suficientemente estúpido como para caerse. Él lloriqueaba durante el camino mitad asustado de la hermana y mitad por la caída, nunca diciendo palabra alguna como si su castigo dependiese de la cantidad de sus palabras. La hermana Rosalba ya estaba a lado de las escaleras con una expresión de miedo en su pálido rostro cuando ellos bajaron.
- ¿En qué estabas pensando? ¿No puedes pensar aunque sea un poco en la seguridad de tu hermano? ¡Apenas tiene nueve años!
- Hey, era él el que quería acompañarme desde el principio, nadie lo invitó.
La hermana se veía frustrada sin palabras que decir. Cecil giró y comenzó a caminar hacia la vieja mansión que se encontraba no muy lejos de ellos. - Estaré en mi cuarto, solo para que sepan en donde no van a estar en las siguientes horas. Entonces comenzó a correr como si no hubiera mañana antes de que cualquier respuesta pudiera alcanzarla, dejando atrás al ahora lloriqueando Irv y a una muy enojada hermana. Esa mansión era un orfanato para niños pequeños y jóvenes adolescentes pero ella era la excepción, ella y sus 17 años de edad. Dejando el enorme pórtico de madera atrás ella corrió y corrió evitando todo contacto visual con cualquier otro niño, niña o hermana con quienes se encontrase aunque todos la evitaban completamente como siempre, con miradas nerviosas o asustadas en sus rostros. Ella sabía eso, ella estaba acostumbrada y ni le importaba en lo más mínimo o, al menos, eso era lo que ella se decía.
Ella finalmente alcanzó la puerta del dormitorio de las niñas mayores de la mansión y con tres saltos gigantes alcanzó su cama y saltando pesadamente se hundió en su cobija, clavando su rostro en la almohada. Extrañamente se sentía cansada y nada más le importaba para cuando había sido llevada por la dulce sensación de sueños y dejándose llevar hacia el único mundo en donde ella encontraba sanidad. En su propio mundo.
* * * * * *
Tal día tan gris y húmedo, el frío era insoportable congelándola hasta los huesos. Un Irv mas joven era sostenido en su mano, rodeados por muchos rostros que ellos creyeron conocer. Dos tumbas en frente de ellos. Ella ya había tenido suficiente.
* * * * * *
- ¡Sis, despierta! Ella dio su usual gruñido y abrió sus ojos muy levemente. El sol ya se había ocultada y la oscuridad crepitaba en la habitación pero no había nadie ahí aparte de ella misma y un impaciente Irv de pie a lado de su cama. Debía de ser la hora de cenar cuando su estómago gruñó en acorde con el pensamiento. - ¡Sis, tienes que escuchar esto!
- Ahora no, Irv, tengo hambre- dijo mientras se volteaba de él aun teniendo la cara hundida en la almohada. Ahora ve a traerme algo de comer.
- ¡Sis! ¡Escúchame! ¡Las hermanas quieren exiliarte de la mansión! Ella se congeló en el instante. Sentándose rápidamente sobre la cama vio los ojos hinchados de su hermano dándose cuenta de lo mucho que había llorado en las últimas horas. Pero ella todavía no lo quería creer.
- ¿Qué estás diciendo? Éso no es posible.
- ¡Es verdad, yo las escuché! ¡Ellas dijeron que eras un mal ejemplo para todos en la mansión! Ellas… dijeron que tu eres un peligro para mi… ¡pero se que no lo eres! Ella estaba en shock. No, ella no podía separarse de su hermano, ella se había dado cuenta de ello. Habían muchas cosas que ella necesitaba saber con su hermano a su lado. Ella tomó una decisión, no tenía elección.
- Irv… yo se que no he sido una buena hermana y todo eso pero esta vez tendrás que confiar mucho en mi, más que cualquier otra vez, ¿me oyes?
Él asintió rápidamente. Ella sonrió.
- Bien. Ahora necesito que me oigas muy cuidadosamente.
jueves, 24 de abril de 2008
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