- Quizá deba analizar sus historias de nuevo, Doc. Los Sheikahs, al parecer, no eran tan grandes como usted decía.
Horror surgió sobre los rostros del historiador y su grupo al ser testigos del panorama que yacía ante ellos. Lo que antes debió ser una amplia aldea establecida en una región plana del desierto se encontraba ahora reducida a cenizas siendo éstas llevadas por el viento mezclándose con la arena. Docenas de cadáveres tanto de niños como de adultos irreconocibles por las flamas que aun ardían se encontraban dispersados por todo el lugar, cuerpos jóvenes y fuertes disciplinados en un arte ahora perdido. También habían flamas vivas en los restos de algunas edificaciones que posiblemente fueron chozas de tela pero era imposible deducir cuál era la imagen original de tal ecosistema. Tal masacre sin distinción sólo pudo ser ejecutada por un grupo que poseía tanto perfecta planeación como grandes capacidades destructivas.
Los fervorosos deseos de los historiadores para conocer un fragmento más de historia antigua se habían desvanecido y sólo les quedaba el amargo sabor de impotencia y fracaso en sus cuerpos cansados. La Serpiente Blanca, al contrario, sonreía ampliamente como si disfrutara el momento, con sus ojos brillantes detrás de sus googles centrados en el caos frente a él, y eso fue lo que quebró la formalidad restante del científico.
- ¡Tu! ¿Se te ocurre sonreír ante nuestra pérdida? ¿Te atreves a burlarte de nosotros? ¿Qué no comprendes el cruel impacto que acaba de recibir nuestra historia?
- Claro que comprendo el impacto de susodicha destrucción- respondió entusiasmado y frío a la vez sin dejar de sonreír en ningún momento-. Juzgando por las condiciones de la aldea y las de los cadáveres diría que es seguro suponer que ya hubiera sido su objetivo principal o no la extinción total de los Sheikah tal “acto de crueldad” estaba dentro de sus planes y cálculos, muy bien formulados he de agregar; y, para concluir, mi vista no percibe vida cercana a humana alguna a kilómetros de distancia y debido a que esta masacre no lleva más de un día de su ejecución… feh, disculpe usted perdí el aliento.
- ¡Imbécil!
“Doc” se lanzó gritando contra el optimista guía de viaje pero éste simplemente se hizo a un lado como si fuese motivado por un capricho provocando que el otro se tropezara torpemente y cayera abruptamente contra el suelo. Optó por no levantarse mientras sollozaba lamentos de frustración.
- Sss, viendo el estado de la caravana su siempre considerado guía opta que tomen un descanso antes de tomar el temprano y largo camino de regreso. Les invito que estiren sus piernas y busquen algo de comer entre los escombros para que pasen un momento memorable en un bello mediodía en el desierto de Laguna, su hogar en medio de la nada. Y ahora, con su permiso, tomaré una muy placentera caminata.
Blanco de más de una mirada inyectada en odio el joven tomó paso amplio hacia los restos de la aldea mientras siseaba melodías extrañas con gran entusiasmo, perdiéndose poco después entre las densas fumarolas negras más cercanas. Sus ojos amarillos posaban en todas las direcciones posibles como si tratara de memorizar cada detalle a la perfección, caminando sobre los cadáveres con cuidado de no manchar sus ropas con sus heridas frescas, disfrutando cada momento al máximo.
Al pasearse entre las ruinas aun en flamas se percató de algo peculiar. La mayoría de las flamas se mantenían vivas devorando los restos de la aldea pero, aparte de eso, se topó con otras que ardían sobre el suelo natural sin extinguirse, consumiendo la misma arena. Los melodiosos siseos se volvieron más lentos poco a poco hasta que cesaron dejando una curva nerviosa en los labios del guía.
Continuó con su fúnebre travesía pero la felicidad jovial había sido reemplazada por seriedad poco disimulada. Pero fue cuando se adentraba en el corazón de la aldea cuando se encontró con un cadáver en particular que lo obligó a detenerse.
No poseía quemadura alguna; la herida que le había dado la muerte había sido algo similar a un zarpazo en su costado izquierdo tan profundo que prácticamente lo había cortado a la mitad. El Sheikah estaba completamente cubierto en ropas con excepción de sus manos y parte de su rostro revelando sus orejas puntiagudas y sus ojos azules de mujer ahora carecientes de vida. Su muerte había sido significativa para sus asesinos.
Curiosidad saciada se puso de pie de nuevo y su mirada fue capturada una vez más por el costado de su mano derecha donde un símbolo similar a un triángulo dorado brillaba débilmente, perdiendo poco a poco su color. Los ojos del joven se abrieron a más no poder.
- Vaya, vaya- siseó su testigo sorprendido-. Tanto huir no te sirvió para nada al final, ¿verdad?
Y sin más prosiguió su camino pero con miles de ideas corriendo en su mente obligándolo a pensar lo peor. Cuando les vendió la historia de los X Daevas a los historiadores no había considerado siquiera la posibilidad de que estuviera relacionada con el ataque a los Sheikah, era simplemente absurdo y exageradamente poco probable. Pero si lo que los atacantes buscaban era lo mismo que temía entonces lo peor era inminente para él. Y lo peor no estaba lejos.
Su olfato atrapó una esencia débil en el aire que apareció de una manera tan repentina que lo desconcertó completamente. No era posible, conocía a la perfección sus sentidos y su vista le decía que estaban completamente solos por kilómetros. Aunque, pensándolo mejor, su vista no se había concentrado en las posibilidades menos probables.
Un rugido explotó tan solo a unos cuantos metros de sus espaldas tan fuerte que sacudió las arenas del vasto desierto de Laguna, tan bestial que inyectó miedo e hizo olvidar la derrota a la exhausta caravana y tan furioso que despertó un sentimiento indescriptible y casi olvidado dentro de la Serpiente Blanca. Un sentimiento de nostalgia teñida de sangre.
Y fue justo a lado del cadáver de la Sheikah donde surgió entre un escape de aire y arena profunda un colosal brazo cuya mano asemejaba más a una gran garra extendida hacia el cielo tratando de alcanzar la libertad. Batallaba contra una fuerza invisible que trataba de dragarla hacia las profundidades del desierto pero al parecer era su fuerza bruta era la que prevalecía poco a poco. Entonces el símbolo misterioso sobre la mano del cadáver brilló fuertemente por última vez y se desvaneció en el instante arrebatándole a esa mujer toda importancia que alguna vez tuvo. Y la bestia rugió una vez más.
La tierra vomitó a la abominación aprisionada entre pilares de arena que alcanzaron cientos metros de altura con una presión superior a la tormenta del día anterior. El guía se vio obligado a resguardarse rápidamente entre escombros para no ser lanzado a la lejanía, estupefacto por tal evento. Los pocos cimientos restantes fueron arrancados completamente y las flamas casi inmortales se apagaron en el instante al ser todo cubierto por arena profunda volviendo el antes pueblo muerto en una planicie más en el desierto. El cambio de terreno tan drástico bajo la voluntad de un solo ser era abrumador.
Habiéndose todo calmado y la arena en el aire descendida una cabellera picuda y rubia surgió de la arena con un pequeño plop girando sobre si como si estuviera analizando el área. Lenta y ágilmente surgió el cuerpo completo de la Serpiente Blanca con un movimiento difícil de creer humano y sentándose en la arena pesadamente lanzó un suspiro profundo. Su cuerpo se quejó un poco ante tal acto debido a la falta de costumbre pero una parte pequeña de él se alegró de experimentar sensaciones empolvadas. Entonces alzó la mirada y ahí estaba.
Frente a él a unos escasos metros se mantenía de pie y dándole la espalda una figura gigante de un hombre que fácilmente alcanzaba más de tres metros de altura, una enorme cabellera naranjada y picuda que se alargaba hasta su cintura y vestido completamente en gabardina de cuero negro. Su cara era invisible para el ángulo que poseía el joven quien decidió mantenerse inmóvil antes de realizar acto alguno y si es que llegaba a tener posibilidad de realizarlo.
Cabeza inclinada hacia el suelo, su mirada se fijaba sobre el cadáver de la mujer apenas visible que extrañamente se mantuvo en su posición a pesar de la explosión. Entonces el joven espectador comprendió todo.
- ¡Bruja estúpida!- rugió con furia y a la vez carcajeándose incontrolablemente-. ¿Creías que me contendrías a mí con tus trucos patéticos y hechizos anticuados? ¡Tuviste suerte de que tu dolor antes de morir no fuese prolongado hasta hartarme, escoria!
Y con su última palabra alzó su titánica pierna hundiéndola con fuerza sobre la cabeza de la Sheikah pringándolo de sangre mientras se carcajeaba aún más. El joven no apartó la mirada en ningún momento con una expresión de irrelevancia mientras la bestia saciaba sus impulsos inmovilizado en parte por curiosidad y otra por negaciones. No quería admitirlo, no quería admitir que ese hombre estaba a tan sólo unos metros de él, no quería admitir que sabía qué era ni tampoco cómo era que lo sabía. A pesar de su fuerza mental ésta no era lo suficientemente grande como para hacerle enfrentar su realidad.
- Ni creas que no me he percatado tu presencia, pequeña sabandija.
Tragó saliva. Pequeño detalle, tampoco había querido admitir las capacidades de aquél hombre y se dio cuenta que si realmente tenía posibilidades de realizar una diferencia tenía que comenzar por aceptar las cosas tales por como son. Lo que importaba era lo que tenía en ese momento y cómo estaba dispuesto a utilizarlo, no lo que careció en algún tiempo lejano ni lo que ha perdido desde entonces. La esperanza no era lo que lo mantendría con vida esta vez.
La bestia giró su pesado cuerpo mostrando su abominable rostro ante el joven arrebatándole toda duda de su identidad. Su rostro era deforme todo lejano a humano asemejándose más a un reptil olvidado por la historia, ojos verdes de bestia salvaje se enfocaban en su presa con un deseo visible de devorarlo con violencia, una nariz grande y chata que bufaba constantemente tras cada inhalación de aire y sus dientes eran reemplazados por colmillos cubiertos de saliva que brillaban como marfil dentro de una caverna profunda que era su boca. Bufó con repulsión esta vez cuando descubrió a la pequeña e incompetente criatura frente a él.
- ¡Je! Cuando escuché tus latidos supe que no eras mas grande que un crío, ¡pero tampoco pensé que serías uno tan desnutrido! No podrías saciar ni a una tortuga terrestre, muchacho.
Inesperadamente el joven sonrió y se puso de pie adquiriendo el aire de indiferencia y burla inmadura tan común en él y lo observó con la misma repulsión que vería a un perro sarnoso. La bestia se volvió perpleja.
- Seré un crío desnutrido quizás pero al menos no encuentro placer descuartizando pedazos de carne putrefacta, bestia enferma de mierda.
Más perpleja aún, miró al joven con odio profundo dejando atrás todo sentido de diversión y recurriendo a sus instintos primarios. Sonrió de nuevo al proyectarse en su mente todas las posibilidades que tenía para arrancarle la vida a ese cuerpo tan frágil, su costumbre incontrolable cada vez que adquiría una nueva presa.
- Tienes demasiadas agallas o poco cerebro, cualquiera de las dos funciona para mí. ¡Exprimiré la vida de tus huesos hasta que sean polvo!
- Y en verdad admiro tus deseos pocos probables, bestia estúpida, pero antes de que intentes exprimir la vida de mis huesos hasta que se vuelvan polvo, y he de agregar que para que vuelvas mis huesos en polvo he de suponer que yo ya debería de carecer de vida para entonces, tengo el impulso incontrolable de preguntarte algo. ¿Qué en tu poca sana cabeza provocó que acabaras con un clan completo como los Sheikah?
El hombre hizo una mueca confusa como si tratara de comprender todo lo que escuchó pero al final sólo respondió la última pregunta que aun así se le dificultó entender.
- ¿Qué si por qué masacré a los Sheikah? Je, juega conmigo y si aun respiras talvez te diga… ¿eh? El sol…
Con una mueca algo estúpida alzó su mirada hacia el sol que se mantenía exactamente en el centro del cielo y tras unos segundos la sed de sangre en sus ojos se disipó tornándose en completa alarma.
- ¡El sol salió! ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que...?
Entonces su presa comprendió. El ataque sobre la aldea había sido ejecutado la noche anterior y el único motivo por el cual la bestia seguiría en esas arenas olvidadas por cualquier dios sería en contra de su voluntad. El último hechizo de la Sheikah había dado aporte a eso.
- Nada bien, Ulquiorra va a matarme cuando sepa que no conseguí…
Se detuvo en seco cuando se percató que había capturado toda la atención de su oyente. Sonrió amargamente.
- Malas noticias, muchacho, se me acabó el tiempo… ¡así que tendré que dar un final rápido!
Cerrando su boca y arqueando su espalda lentamente comenzó a inhalar una gran cantidad de aire, cambiando la temperatura alrededor de él drásticamente a tal nivel que la Serpiente Blanca comenzó a sudar aun teniendo una distancia considerable de la bestia. Se dio cuenta qué lo que estaba preparando fue la misma técnica que dio extinción a los Sheikah y, muy probablemente, sólo la utilizó una vez.
- ¡Arde y perece!
Gritó a la vez que liberaba su creación. No era posible describirlo como una simple llamarada, su dimensión y velocidad superaba cualquier método humano en su intento por replicarlo. Un torrente inextinguible y casi infinito de fuego anaranjado se expandió de su boca abarcando completamente la planicie que antes ocupó la tribu Sheikah en tan sólo unos cuantos segundos siendo imposible para el guía esquivar. No tenía sentido suponer lo contrario, la estupefacta Serpiente Blanca no escaparía del ataque y la bestia lo sabía.
Después de numerosos segundos que parecieron una eternidad el hombre bestial cesó su soplido dejando un pastizal de fuego frente a él que parecía no apagarse nunca. Y fue sólo después de recuperar su aliento cuando sonrió satisfecho.
- ¡Je! ¡Un crío desnutrido y hablador, y no más!- carcajeó.
Las flamas siguieron ardiendo ante él entreteniéndolo por unos momentos, dejándose perder por sus movimientos elegantes. Pero sus sentidos lo hicieron regresar y le fue inevitable sonreír de nuevo ante el descubrimiento de aquello que le daba un motivo por el cual existir. Más presas.
El tembloroso grupo de historiadores se podía divisar a la distancia huyendo sin rumbo fijo seguramente hacia una muerte lenta y dolorosa por falta de dirección, exceso de calor y sed pero juzgó que sería demasiado aburrido suponer tal muerte después dos o tres días cuando tenía la posibilidad de divertirse con ellos en ese mismo momento aun si éste fuera fugaz.
La distancia era mayor a la de su presa anterior... dos kilómetros a lo mucho. En ese caso sus flamas debían ser más devoradoras todavía y esa idea lo emocionó. Inhaló de nuevo aumentando las dimensiones de su pecho a un tamaño alarmante, tenía calculados los daños que haría pero en realidad siempre se equivocaba en ellos y causaba más daño de lo previsto. Alcanzó su límite, llegó el momento… pero no lo tomó.
Algo capturó su atención, a simple vista se veía anormal pero en su rama de especialidad “anormal” era común. Algo se acercaba enterrado justo por debajo de la arena a una velocidad absurdamente enorme, escupiendo arena mientras avanzaba como si fuera un depredador acuático en su entorno, dando grandes círculos alrededor de la bestia pero acercándose poco a poco, acechándolo. Le fue imposible no dar la mejor de sus sonrisas.
- ¡Si, si, así me gusta! Compactó y dividió la energía mantenida en su interior; siempre deseaba disfrutar al máximo a los oponentes que tenían las agallas y la capacidad de enfrentarlo. Escupió docenas de pequeñas bolas de fuego como si fueran municiones pero cada una con una potente explosión de temer, todas muriendo cerca del objetivo pero ni uno solo lograba alcanzarlo. Era como si fuera capaz de verlas todas, justo cuando uno estaba apunto tener contacto cambiaba de dirección drásticamente a veces en direcciones completamente contrarias sin perder velocidad si quiera. La diversión de la bestia se tornaba poco a poco a frustración al percatarse que su oponente ganaba terreno.
- ¿Sólo vas a seguir esquivando? ¡Atácame, aquí estoy!
La velocidad de disparo incrementó pero la energía que le restaba se acercaba a nada. Más y más se acercaba, arena siendo escupida furiosamente marcando en la planicie el camino perfecto que trazaba sin recibir daño alguno. Simplemente no tenía sentido, una técnica de ese tipo no podía funcionar de una manera tan eficaz. Entonces el hombre dejó de disparar.
Un momento antes de que su ataque cesara el torrente de arena tomó una dirección recta hacia su oponente con una velocidad inclusive mayor sorprendiéndolo por completo dejándolo sin ofensiva alguna.
“¡Pero qué...!”
Demasiado rápido inclusive para los pensamientos, de la misma arena surgió ágil y audaz el joven guía que había dado por muerto momentos antes con un impulso suficiente como para alcanzar la gran altura del hombre. Ojos ocultos debajo de sus goggles, cabello picudo cubierto de arena, un movimiento imperceptible de su pie derecho y una navaja pequeña surgió de la punta de su bota y girando en pleno aire para conectar una patada letal en el cuello. Todo simplemente estaba perfectamente calculado.
Cual fue su sorpresa que el hombre poseía una gran velocidad a pesar de sus dimensiones y fue lo suficientemente rápido como para cerrar su garra alrededor del tobillo armado, algo también planeado por el agresor. Ahora fue su mano izquierda donde un objeto peculiar se encontraba aferrado a su muñeca, similar a un reloj pero mucho más grande, donde surgió de él una navaja más pero ésta siendo mucho mas grande y afilada a la de la bota. Su mano libre apuntando hacia el rostro del enemigo, no había escapatoria alguna.
Clank. La Serpiente Blanca no podía creer lo que veía. La navaja tan especial que acababa de utilizar había sido detenida por las mismas fauces del hombre que la mordían con gran fuerza para no soltarla. Y fue ahí en donde se quedó atrapado, tanto brazo como pierna inmovilizados, incapaz de contrarrestar la resistencia. Y esa carcajada, esa maldita carcajada deforme sonó una vez más.
- ¡Ajombojo!- dijo de manera casi ilegible debido a la navaja en su boca-. ¡Tu eguej..!
“¡Mierda!”- pensó alarmado dándose cuenta que ya era demasiado tarde; la bestia sabía quien era.
Dislocando todos los huesos de su pierna derecha logró resbalarse de su prisión y usando su otra pierna libre como apoyo sobre el musculoso hombro de su oponente palanqueó su navaja con fuerza cortando algo imprevisto y liberándose ésta también. Impulsado aterrizó en el suelo con una agilidad bizarra en su cuerpo momentáneamente deforme dislocando numerosos huesos para ser capaz de, literalmente, serpentear sobre el suelo y amortiguar la caída para luego conectarlos de nuevo y adquirir una postura más humana. El gigante, por el otro lado, comenzó a escupir una y otra vez sobre la arena hasta que entre su saliva cayó la mitad cortada de un colmillo.
- Que sabor tan amargo. El veneno de tu navaja es muy potente, más potente a de cualquiera de los antiguos miembros de tu clan, feh…
No lo podía creer. A pesar del veneno que había inyectado en su boca éste era lo suficientemente resistente como para sólo escupirlo y sentir su “amargo” sabor. Sus escupitajos se hundieron en la arena mientras burbujeaban rápidamente diluyendo cualquier cosa que tocasen en el momento.
- Tú eres el último del Clan Orochi- continuó con una sonrisa satisfactoria en sus gruesos labios-. ¡Y mejor aun, un Serpiente Blanca! Y lo que posees en tu muñeca izquierda…
Comenzó a carcajearse de nuevo pero ésta vez de una manera incontrolada y maniaca, incapaz de detenerse.
- ¡Y nosotros que pensábamos que los Sheikahs la tenían en su posesión! Muy mala suerte para ellos.
Todo estaba empeorando. Ahora él sabía y no se detendría hasta que la tuviese o hasta que fuera asesinado y en lo segundo había acabado de fallar. Por fortuna la terquedad siempre había sido uno de sus rasgos.
El gigante se irguió y lo observó con una mirada diferente, como si lo viera como un igual a tal grado que le incomodaba.
- Soy el Décimo Daeva, Xorsbew, y mi misión es recolectar al Ojo de la Serpiente, Zilant, sean cuales sean los medios.
La Serpiente Blanca aferró inconcientemente el brazalete que sostenía pero era inútil escapar de su destino ahora. Debía huir, sólo podría ganar el encuentro si lo posponía, aun no estaba preparado.
- Puedes resistirte y darme el gusto de arrancártelo de tu cadáver ó simplemente puedes entregarlo y después te mato, te daré la opción de elegir muchacho, ¿qué tal?
Siseó.
- Olvidas algo. Éste desierto no es sólo mi terreno si no también las tierras de mi antes Clan. Conozco todos sus secretos y todas sus ventajas, y además poseo esto.
Alzó a Zilant al nivel de su rostro. Era en efecto un brazalete plateado con un círculo en medio con un lente de cristal duro al igual que un reloj, y en el centro brillaba vivamente a un ojo verde enigmático de serpiente que parecía como si pudiese verlo todo. Los ojos del joven se tornaron de amarillos al mismo verde de su brazalete resaltando todos sus rasgos de reptil enormemente. Xorsbew se alarmó.
- Y mientras lo posea ni tu ni nadie podrá acercarse a mí de nuevo. Así que… ¡suerte!
Desarticulando todos los huesos de su cuerpo de nuevo adquirió la postura de una serpiente e impulsándose en un solo salto se hundió en la arena y sus profundidades de las cuales no volvió a ser visible dejando atrás al impotente Xorsbew que no fue lo suficientemente astuto como para predecir sus actos. Pero su aroma aun lograba ser sentido débilmente en el ambiente y el Daeva no estaba dispuesto a dejarlo ir.
- ¡No puedes huir de mí, Orochi! ¡Te atraparé y devoraré como el crío desnutrido que e..!
Y justo estaba dando el primer paso cuando algo lo detuvo. Ésa distorsión de sonido tan familiar… por un momento lo olvidó todo y enfocó su diminuto cerebro a buscar una manera de escapar del castigo que estaba ahora por sufrir.
- Ul… Ulquiorra…- fue lo único que apenas logró decir mientras el dueño de ese nombre surgía del portal con una expresión de repulsión en su mirada.
jueves, 5 de junio de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

1 comentario:
teeqiieeeroo y esta super!!
sooii tu Fan no.1..wiiii
MounsTruuooo!! =D
Publicar un comentario